martes, 15 de enero de 2013

Pero claro que tengo pérdida.

Como vivir sin rumbo y no tener pérdida. A veces creo que estoy encontrándome y acabo más perdida. ¿Qué sentido quieres que siga? Desde hace meses ni si quiera sé hacia qué lado de la calle girar al salir. Últimamente todo lo que veía claro se ha convertido en una contradicción, ironía, impedimentos. 
Como quemar un cuaderno después de firmar la última hoja. Todo lo que se lleva. O lo consume. Lo quema. Se desvanece pero tu mierda no cae en el olvido. Y somos nosotros, eh. Los perdidos, a los que a veces se nos olvida lo de respirar, los que nos ahogamos si la tinta no nos escucha. Y a mi últimamente me las juega bien. Me ahoga y parece necesidad, con dependencia, la que se traga la nostalgia que me produce esta distancia de mi misma. Me arrastra y aquí me tiene, hasta las cinco de la mañana, que si cuantas más ojeras más letras. 
¿Y a quién le escribo? Ahí lo que duele. Escribir a quien no te lee. Escribir, a veces sin destinatario y siempre sin remitente. Escribir por vivir o vivir por escribir. A quién quiero engañar, no me pasa un día sin esta mierda. A veces me pierdo (más) y ni si quiera sé a qué escribo. A dónde. Para qué. Es todo tan sumiso, desconcertante, como el frío que quema, el calor que cristaliza. 
Y yo que intento ser de piedra pero soy un cristal con demasiada tendencia a resbalarse y romperse. A colgarme de un hilo tan fino como es mi inspiración. 
¿Y quién me entiende? Ni yo misma recuerdo cómo ha empezado esta carta, este pedazo de mi, tal vez lo importante sea el final. Tal vez ya no quede importancia en eso de mis letras. Porque si algo no acabará son ellas. Por nosotros, tan desorientados y consumidos que no tenemos los cojones de guardárnoslo dentro. 
Como un continuo domingo a las 8 de la tarde, ¿sabes? como un "te quiero, pero..." muriendo de rodillas por un "pero, te quiero", y mira que se parecen tanto que destruyen. Y que yo tampoco quise caer, pero. 

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